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Santos y Mártires • Capítulo 3 / 3 11 min de lectura

«Nosotros, los Leprosos» — El Testamento del Amor Llevado Hasta el Extremo

En una mañana de domingo en la iglesia de Santa Filomena, el sacerdote sube al púlpito de madera con el rostro ya inflamado por los tubérculos de la enfermedad y las manos desnudas marcadas por la lepra; en lugar de comenzar el sermón con el habitual «Hermanos míos», pronuncia las palabras que estremecieron al mundo —«Nosotros, los leprosos»—, transformando la isla de la muerte en santuario de resurrección.

«Nosotros, los Leprosos» — El Testamento del Amor Llevado Hasta el Extremo NOSOTROS LEPROSOS
Desde el púlpito de madera de la iglesia de Santa Filomena en Kalawao, el Padre Damián alza sus manos desnudas marcadas por la lepra bajo el haz de luz y proclama: «Nosotros, los leprosos...»
Letra:

La campana de la iglesia de Santa Filomena repicaba limpia en la mañana de domingo a comienzos de 1885, convocando a centenares de siluetas que avanzaban cojeando por los senderos de tierra roja de Kalawao hacia el templo encalado de blanco. En el interior abarrotado, el aire estaba saturado por el olor penetrante del aceite de eucalipto, la cera de abeja derretida y la respiración fatigosa de pulmones heridos por la enfermedad. Junto al altar, el Padre Damián acababa de proclamar el Evangelio. Se volvió despacio y subió los tres peldaños de pino del púlpito arrastrando la pierna izquierda, ya entumecida por la parálisis del nervio.

Un silencio absoluto descendió sobre la asamblea. Cientos de ojos —muchos de ellos ya velados por la ceguera o sin párpados— se clavaron en el rostro del sacerdote iluminado por el rayo de sol que cruzaba el ventanal de madera. Todos advirtieron al instante el cambio. La oreja derecha del Padre Damián estaba engrosada e inflamada; sus cejas empezaban a despoblarse y, sobre los pómulos curtidos por el viento del mar, asomaban los nódulos inconfundibles del mal de Hansen. Durante toda la semana, los murmullos salidos del dispensario del doctor Arning habían corrido de choza en choza, pero nadie se atrevía a creer que aquel padre recio como un roble llevara también ahora la sentencia de muerte de Kalawao.

El Púlpito de Madera en la Mañana del Domingo y las Palabras Que Derribaron el Muro

En lo alto del púlpito de madera, el Padre Damián apoyó ambas manos desnudas, sin guantes, sobre el barandal a la vista de todos. Contempló las bancas donde Hoolehua, los ancianos ciegos y los huérfanos del coro alzaban el rostro hacia él. Durante once años enteros, siguiendo la costumbre de la predicación misionera, cada domingo había comenzado su homilía con el saludo afectuoso: «Mis queridos hermanos...» Aquella mañana, sin embargo, el sacerdote de cuarenta y cinco años hizo una pausa prolongada. Bajó la vista hacia sus propias manos descubiertas, cuya piel ya se espesaba por la enfermedad y, levantando la frente, miró a los ojos a su rebaño.

Su voz brotó grave, levemente enronquecida porque el bacilo tocaba ya sus cuerdas vocales, pero nítida hasta la última banca del templo: «Nosotros, los leprosos...»

No dijo «Ustedes». Dijo «Nosotros, los leprosos». Aquellas tres palabras pronunciadas desde el púlpito de madera cayeron sobre la multitud como un relámpago que rasgó de arriba abajo el último velo entre el pastor y los desterrados de la tierra. En las bancas de pino, sollozos contenidos estallaron en llanto abierto. Hombres endurecidos por años de abandono hundieron la cara entre los muñones de sus manos llorando con los hombros sacudidos; las madres estrecharon a sus hijos contra el pecho. Desde el día en que Jesús de Nazaret bajó a las aguas turbias del río Jordán para ponerse en la fila de los pecadores, la historia de las misiones modernas no había presenciado una encarnación en la carne del prójimo tan completa como aquella.

Los Guantes Blancos Olvidados para Siempre y el Despertar de la Conciencia Mundial

Los Guantes Blancos Olvidados para Siempre y el Despertar de la Conciencia Mundial
En el púlpito de madera de la iglesia de Santa Filomena en Molokai, el Padre Damián alza sus manos desnudas marcadas por la lepra e inicia el sermón con las palabras inmortales: «Nosotros, los leprosos...»

A partir de aquel domingo memorable, el par de guantes de lino blanco recibido en el puerto de Honolulu en 1873 perdió para siempre su razón de existir. El Padre Damián escribió a su superior provincial con una paz luminosa: «La lepra se manifiesta ya visiblemente en mi rostro y en mis manos. Pero le ruego que no se entristezca. Si hoy me dieran a elegir entre salir curado de la isla de Molokai abandonando a mi rebaño, respondería sin dudar un segundo que prefiero quedarme aquí con mi lepra hasta el último aliento.»

La noticia de que el sacerdote belga de Molokai había contraído la lepra por haber pasado once años curando a los enfermos con sus manos desnudas recorrió los cables telegráficos y sacudió la conciencia del mundo entero. Las antiguas críticas mezquinas susurradas en Honolulu enmudecieron ante una ola de veneración que recorrió Europa, América e Inglaterra. La familia real de Hawái le otorgó la encomienda de Caballero Comandante de la Orden de Kalakaua; protestantes, anglicanos y católicos de Inglaterra y de los Estados Unidos enviaron barcos cargados de medicinas, ropa, instrumentos musicales y fondos hacia Kalaupapa.

Más valioso aún que los recursos materiales fue la llegada de brazos para continuar la obra. En julio de 1886, un antiguo capitán del ejército de la Unión en la Guerra Civil estadounidense llamado Ira Barnes Dutton —conocido como el Hermano Joseph Dutton— desembarcó solo en Molokai pidiendo al Padre Damián trabajar gratuitamente como enfermero durante el resto de su vida en penitencia por los errores de su juventud, permaneciendo allí cuarenta y cuatro años. Llegaron también el padre Louis Lambert Conrardy, el enfermero James Sinnett y, en noviembre de 1888, la Madre Marianne Cope (hoy Santa Marianne Cope) junto con las Hermanas Franciscanas de Syracuse.

Los Continuadores de la Misión: el Hermano Joseph Dutton y Santa Marianne Cope

Cuando vio los hábitos limpios de la Madre Marianne Cope y de sus religiosas entrar en los orfanatos para asumir el cuidado de las niñas y mujeres enfermas, el Padre Damián —ya con las manos engarrotadas, cubiertas de llagas abiertas y los ojos casi ciegos— se arrodilló en el porche de la casa parroquial y entonó el cántico de Simeón: «¡Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste para mis hijos más pequeños!»

En marzo de 1889, la enfermedad entró en su fase final. Todo el cuerpo del sacerdote de cuarenta y nueve años estaba cubierto de úlceras dolorosas, y su garganta inflamada apenas lograba tragar gotas de leche tibia y agua del manantial de Waihanau. Yacía sobre un jergón de paja tendido en el suelo de tablas de su pequeño cuarto junto a la iglesia de Santa Filomena, a pocos pasos del lugar donde dieciséis años antes había dormido su primera noche sobre las raíces del árbol hala. Junto a su lecho, sobre la mesa rústica, el Hermano Joseph Dutton había colocado el Crucifijo, el Breviario gastado y la pequeña caja que guardaba los guantes de lino blanco que jamás habían sido usados.

Lunes Santo Bajo el Árbol Hala y el Último Ataúd del Carpintero

En la noche del 15 de abril de 1889 —Lunes Santo—, mientras las olas del Pacífico rompían suavemente contra los acantilados de Kalaupapa y cientos de leprosos arrodillados en la hierba de afuera alzaban velas encendidas rezando el Rosario por su padre agonizante, el Padre Damián miró con una leve sonrisa sus manos desnudas marcadas por las llagas y entregó su alma a Dios. Su cuerpo fue depositado en un ataúd de pino negro que él mismo había construido cuando aún podía sostener el martillo, y sepultado bajo la sombra del viejo árbol hala de su primera noche. Más de un siglo después, el 11 de octubre de 2009 en la Plaza de San Pedro, el Papa Benedicto XVI inscribió solemnemente a San Damián de Molokai en el catálogo de los Santos: el pastor que guardó los guantes en el bolsillo para tocar al propio Cristo en la carne más herida de la humanidad.

✦ Palabra de Dios y Reflexión Nocturna
“El Rey les contestará: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron.””
— Evangelio según San Mateo 25:40
Para Meditar en Silencio: Ante alguien que ha caído en el sufrimiento, la enfermedad o el rechazo social, ¿tu corazón mira desde arriba como quien concede una limosna a «ellos», o reconoce humildemente que «nosotros» somos todos hermanos necesitados de la misma misericordia de Dios?
🙏 Oración Pastoral al Cerrar el Capítulo

Señor Jesús, que quisiste identificarte con los hermanos más humildes, hambrientos y enfermos de la tierra. Por la intercesión de San Damián de Molokai, derriba en nosotros todo muro de orgullo, distancia e indiferencia. Danos la gracia de vivir una caridad encarnada en obras concretas cada día, para que al atardecer de nuestra existencia nuestras manos lleven también las señales de tu amor. Amén.

Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas

¿Por qué el inicio de sermón «Nosotros, los leprosos» de San Damián de Molokai pasó a la historia universal?
Durante sus primeros once años en Molokai, el Padre Damián comenzaba sus homilías diciendo «Mis queridos hermanos». Pero un domingo de principios de 1885, tras confirmarse médicamente que había contraído la lepra, subió al púlpito y empezó diciendo: «Nosotros, los leprosos...». Aquella frase selló su identificación total, en cuerpo y alma, con los desterrados de la isla, convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de caridad cristiana de la edad contemporánea.
¿Quiénes fueron los colaboradores que llegaron a Molokai para continuar la obra del Padre Damián antes de su muerte?
En los últimos años de vida del Padre Damián (1886–1889), Dios envió colaboradores heroicos a Molokai: el veterano de la Guerra Civil estadounidense Hermano Joseph Dutton (quien sirvió gratuitamente a los leprosos durante 44 años), el padre Louis Conrardy, el enfermero James Sinnett y, en noviembre de 1888, Santa Marianne Cope con las Hermanas Franciscanas de Syracuse, quienes asumieron los orfanatos y hospitales de la península.
¿Cuándo murió San Damián de Molokai y cuándo fue canonizado por la Iglesia Católica?
El Padre Damián falleció el 15 de abril de 1889 (Lunes Santo) en Kalawao, a los 49 años de edad, tras 16 años viviendo entre los enfermos de lepra. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 4 de junio de 1995 en Bruselas y canonizado por el Papa Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009 en el Vaticano. Su fiesta litúrgica se celebra el 10 de mayo, aniversario de su llegada a Molokai.

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