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Santos y Mártires • Capítulo 2 / 3 11 min de lectura

El Carpintero de Mil Ataúdes y la Prueba del Agua Hirviendo en la Noche de Diciembre

Durante once años levantando con sus manos desnudas la iglesia de Santa Filomena, tendiendo tuberías de agua dulce y clavando más de mil ataúdes de pino, el sacerdote fue juzgado desde lejos como un imprudente, hasta aquella noche fría de diciembre de 1884 en que metió los pies en una palangana de agua humeante y descubrió que no sentía ardor alguno.

El Carpintero de Mil Ataúdes y la Prueba del Agua Hirviendo en la Noche de Diciembre AGUA EN EBULLICIÓN
A la luz de una lámpara de aceite en el dispensario de madera junto a la iglesia de Santa Filomena en Kalawao, el Padre Damián venda con sus manos desnudas a un enfermo junto a su cepillo de carpintero.
Letra:

El golpe seco del martillo de hierro hundiendo clavos en la madera resonaba rítmico —toc, toc, toc— entre la niebla húmeda de las cinco de la mañana en el valle de Kalawao. Frente al pórtico de la pequeña iglesia encalada de blanco dedicada a Santa Filomena, el Padre Damián encorvaba sus anchos hombros sobre dos tablones de pino de dos metros de largo. El sudor empapaba el cuello gastado de su sotana negra, y el serrín fresco cubría su cabello rizado ya entrecano y sus manos desnudas y callosas que jamás llevaban guantes. Aquel era el ataúd número mil doscientos que el propio sacerdote había aserrado, clavado y pintado de negro desde el día en que pisó la isla once años atrás.

«Si quiero enseñarles a creer que sus almas son inmortales ante Dios, primero debo demostrarles que sus cuerpos merecen ser sepultados con la dignidad de hijos de Dios, y no arrojados en zanjas de arena para los cerdos salvajes.» Así lo había escrito el Padre Damián en una carta enviada a Bélgica para su hermano, el Padre Pamphile. Con el vigor físico de un labrador flamenco que desde niño había aprendido el oficio de la carpintería y del campo, el misionero se convirtió al mismo tiempo en arquitecto, albañil, fontanero, sepulturero y enfermero mayor de toda la península de Kalaupapa.

Mil Doscientos Ataúdes de Pino y el Agua Viva del Desfiladero

Cuando llegó en 1873, toda la colonia bebía un agua salobre, turbia y fétida que escurría por las charcas donde los enfermos lavaban sus úlceras. El Padre Damián trepó por las grietas rocosas al pie del murallón del Pali hasta hallar un manantial cristalino y frío oculto en la garganta de Waihanau. Exigiendo tuberías de hierro al gobierno de Honolulu, él y los enfermos que aún conservaban algo de fuerza en los brazos acarrearon pesados tubos metálicos sobre el terreno cortante de lava volcánica, tendiendo una red hidráulica que llevó agua limpia hasta la puerta de las cabañas. El día en que el primer chorro de agua pura brotó de la fuente central de Kalawao, cientos de leprosos cayeron de rodillas llorando como el pueblo de Israel ante la roca herida por Moisés en el desierto.

Sin descansar un solo día, con cargamentos de madera de pino conseguidos de los barcos mercantes y limosnas enviadas desde Honolulu, las manos descubiertas del Padre Damián levantaron más de trescientas casitas de madera clara, elevadas sobre pilotes secos y ventilados, sustituyendo las chozas podridas de hierba. Abrió dos orfanatos separados para niños y niñas enfermos de lepra con el fin de protegerlos de todo abuso; formó una banda de música con instrumentos de viento tocados por jóvenes que apenas conservaban muñones en los dedos y organizó un coro litúrgico que cantaba en latín y hawaiano cada domingo. El antiguo campamento de la desesperación floreció con jardines de plumerias blancas y el murmullo del Rosario al caer la tarde.

Sin embargo, lo que dejaba atónitos —y a menudo escandalizados— a los escasos visitantes que se asomaban a la costa era la intimidad absoluta con que el sacerdote compartía la vida de los leprosos. El par de guantes de lino blanco recibido en 1873 seguía intacto en el fondo de su baúl de madera, amarillento por el paso de los años sin haber sido usado jamás. Cada día, el Padre Damián empleaba sus dedos desnudos para exprimir llagas purulentas, recortar tejidos necrosados y cambiar vendajes a decenas de postrados. Comía el poi de taro amasado tomándolo con la mano del mismo cuenco de madera que los enfermos; les prestaba su propia pipa de tabaco; y, en cada Misa, depositaba la Sagrada Hostia directamente sobre lenguas ulceradas sin retirar jamás la mano.

El Mismo Cuenco de Poi y la Confesión Gritada Entre las Olas del Mar

El Mismo Cuenco de Poi y la Confesión Gritada Entre las Olas del Mar
En el dispensario de madera junto a la iglesia de Santa Filomena en Kalawao, el Padre Damián limpia y venda con sus manos desnudas las llagas de un enfermo junto a sus herramientas de carpintero.

Pero aquella entrega sin reservas no fue comprendida por todos los hombres religiosos de su tiempo. Mientras los periódicos de Europa y de Estados Unidos empezaban a hablar del héroe de Molokai, en los salones cómodos de Honolulu algunos pastores protestantes puritanos e incluso superiores eclesiásticos directos lanzaban duras críticas contra él. Acusaban al Padre Damián de ser «terco, indisciplinado, tosco e imprudente con las normas elementales de higiene», y no faltaron lenguas venenosas que difundieron la calumnia de que su quebranto físico se debía a una vida moral desordenada. Más amarga que el hedor de las úlceras era la soledad espiritual: durante largos períodos se le prohibió salir de la isla siquiera unas horas para confesarse con otro sacerdote.

En una ocasión, cuando el barco de vapor echó el ancla a trescientos metros de la playa y el capitán prohibió al sacerdote visitante bajar a tierra —al tiempo que impedían al Padre Damián subir por la escalerilla del buque por terror al contagio—, el apóstol de los leprosos tuvo que arrodillarse dentro de un bote pequeño que cabeceaba entre las olas al pie del casco de hierro. Bajo el viento marino y ante los marineros asomados a la cubierta superior, el Padre Damián tuvo que gritar a viva voz toda la confesión de sus pecados hacia lo alto de la borda para recibir la absolución sacramental, remando después de regreso hacia las rocas negras con el rostro bañado en lágrimas.

En medio de aquella noche oscura de incomprensión, en una tarde fría y lluviosa de diciembre de 1884, tras pasar la jornada entera bajo el aguacero cavando sepulturas y clavando ataúdes para cinco enfermos fallecidos la víspera, el Padre Damián regresó a su cuarto de tablas con los miembros agotados. Desde hacía varios meses sentía un dolor sordo a lo largo del nervio ciático de la pierna izquierda y había notado pequeñas manchas rojizas bajo la piel de las mejillas, pero lo atribuía todo al reumatismo contraído por dormir sobre el suelo húmedo.

La Noche de Diciembre de 1884 y la Palangana de Agua Hirviendo Sin Dolor

Para aliviar sus pies entumecidos por el frío de la lluvia, pidió al ayudante de cocina que hirviera una tetera grande de agua y la volcara en la palangana de madera colocada junto a la mesa donde reposaban su Biblia y la caja con los viejos guantes blancos. Exhausto tras dieciséis horas de trabajo ininterrumpido, sin mezclar agua fría, el Padre Damián se arremangó el pantalón de tela basta y hundió ambos pies descalzos directamente en el agua que acababa de hervir a borbotones sobre el fogón de leña. El vapor espeso subió en espirales hasta sus rodillas.

Pasó un segundo. Pasaron dos. Pasó casi un minuto entero. El Padre Damián seguía sentado en su silla rústica, leyendo en silencio su Breviario. No sentía absolutamente ningún ardor en el pie derecho. Solo cuando bajó la mirada hacia la palangana humeante quedó inmóvil de estupor: la piel de la planta del pie y de los dedos estaba completamente escaldada, de un rojo vivo y cubierta de enormes ampollas de agua que se abrían por la quemadura profunda. La anestesia térmica y dolorosa de los nervios periféricos —el signo clínico inconfundible del bacilo de Hansen en fase avanzada— acababa de sellar su carne a los cuarenta y cuatro años de edad.

El Veredicto del Microscopio y la Sonrisa del Pastor Convertido en Ofrenda

No se escuchó un solo grito de espanto en la habitación. Solo el chisporroteo suave de la mecha de la lámpara de aceite y el retumbo lejano de las olas rompiendo contra los peñascos de Kalaupapa. Pocos días después, el médico bacteriólogo alemán Dr. Eduard Arning, tras tomar muestras de la piel y del lóbulo de la oreja del sacerdote y examinarlas bajo el microscopio, bajó las lentes con los ojos enrojecidos: «Padre Damián, me duele en el alma confirmarle que lleva usted el bacilo de la lepra en la sangre.» El sacerdote miró por la ventana abierta hacia las pequeñas luces que titilaban en las cabañas de los enfermos, posó su mano desnuda sobre el pecho y sonrió con serenidad: «Ahora, doctor, ya nadie podrá decir que soy solo un extranjero sano predicándoles desde fuera.»

✦ Palabra de Dios y Reflexión Nocturna
“El amor más grande que uno puede tener es dar su vida por sus amigos.”
— Evangelio según San Juan 15:13
Para Meditar en Silencio: Cuando el bien que haces tropieza con incomprensiones, críticas injustas y exige sacrificios en tu propia carne, ¿retrocedes para cuidar tu imagen o permaneces fiel al amor hasta el final?
🙏 Oración Pastoral al Cerrar el Capítulo

Señor Jesús, que nos enseñaste que nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Cuando nos sintamos fatigados porque nuestras entregas silenciosas en la familia o en la comunidad son ignoradas o malinterpretadas, haznos recordar el martillo de San Damián a las cinco de la mañana y la palangana de agua hirviendo en Kalawao, para que sepamos amar sin medida ni cálculo. Amén.

Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas

¿Qué obras concretas realizó San Damián para transformar la colonia de leprosos de Molokai?
A lo largo de 16 años en Molokai, el Padre Damián amplió y edificó la iglesia de Santa Filomena y otras capillas, tendió personalmente la tubería de agua potable desde el cañón de Waihanau, construyó más de 300 casas de madera ventiladas, fundó dos orfanatos, dispensarios, una banda de música y un coro, además de fabricar con sus propias manos más de 1.600 ataúdes y cavar sepulturas dignas para los difuntos.
¿Cómo ocurrió la prueba del agua hirviendo en diciembre de 1884?
En una noche fría de diciembre de 1884, a los 44 años de edad y tras 11 años de servicio en Molokai, el Padre Damián metió sus pies fatigados en una palangana de agua recién hervida. No sintió calor ni dolor alguno; solo al mirar hacia abajo descubrió que la piel de su pie estaba gravemente escaldada y cubierta de ampollas, síntoma clásico de la pérdida de sensibilidad nerviosa producida por la lepra, confirmada poco después por el Dr. Eduard Arning.
¿Por qué tuvo el Padre Damián que confesarse gritando desde una barca en el mar hacia un barco?
Debido a las severas leyes de cuarentena de Hawái y al pánico de la tripulación, el sacerdote visitante que viajaba en el vapor tenía prohibido bajar a Molokai, y al Padre Damián se le impedía subir a bordo. Para no quedar privado del sacramento de la Reconciliación, Damián remó en un pequeño bote hasta colocarse bajo el costado del buque y confesó sus pecados en voz alta sobre el estruendo de las olas delante de todos.

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