Cuatro Mensajeros Sin Aliento y el Banquete Derrumbado en la Tierra de Uz
El humo de los diez holocaustos del alba aún flotaba sobre el altar de piedra en Uz cuando cuatro siervos ensangrentados cruzaron el portón uno tras otro, dejando a los pies de Job diez copas de plata aplastadas rescatadas del derrumbe donde acababan de morir sus diez hijos.
DIEZ COPAS SEPULTADAS
El olor espeso de la grasa de cordero ardiendo sobre el basalto caliente todavía impregnaba la barba canosa de Job. Cuando el sol apenas asomaba tras las colinas orientales de la tierra de Uz, el hombre más rico de todo el Antiguo Oriente ya había colocado con sus propias manos diez haces de leña de cedro sobre el altar de piedra sin labrar. Diez holocaustos perfectos. Uno por su hijo primogénito, otro por el segundo, contando a cada uno de los siete hermanos y de las tres hermanas. Contemplaba las diez columnas de humo blanco subiendo rectas hacia el cielo azul profundo con el desvelo de un padre santo: ¿y si en medio de la alegría del banquete en casa del hermano mayor alguno de sus hijos había dejado cruzar por su mente un pensamiento irreverente contra Dios?
La paz de aquella mañana era densa y dulce como la miel silvestre de Edom. En las praderas que se extendían hasta perderse de vista, siete mil ovejas de lana blanquísima pacían entre la hierba húmeda de rocío. Tres mil camellos cargados de resinas aromáticas descansaban junto a los pozos de caliza, quinientas yuntas de bueyes abrían surcos oscuros en la tierra fértil y quinientas asnas comían paja fresca en los establos. En todas las puertas de las ciudades de Oriente ningún anciano dejaba de inclinarse ante Job, no solo por la magnitud de su hacienda, sino porque era el escudo de las viudas, el padre de los huérfanos y jamás había permitido que un pobre durmiera al frío sin cubrirlo con el vellón de sus corderos.
El Litigio Invisible y la Pregunta que Pone a Prueba Todo Corazón Creyente
Sin embargo, Job ignoraba que mientras el humo de su sacrificio subía al cielo, un litigio invisible estallaba más allá de los ojos mortales. El Acusador —Satanás— señaló la prosperidad de aquella casa y lanzó la sospecha más venenosa de la historia humana: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» El argumento de las tinieblas es siempre mercenario: el hombre solo reza y bendice porque Dios ha levantado un cerco protector alrededor de su familia, ha multiplicado su ganado y ha asegurado su pan. ¡Prueba a derribar ese cerco y a tocar todo lo que posee, y verás cómo te maldice en tu propia cara! Una prueba decisiva cayó sobre los hombros del justo de Uz para responder ante el universo entero si existe en la tierra un amor a Dios libre de soborno.
Al mediodía, el horizonte sur de Uz se oscureció de golpe. Un viento seco procedente del desierto de Arabia empezó a silbar entre las gargantas de roca, arrastrando sabor a polvo recalentado y ceniza. Job reposaba bajo el pórtico de su tienda principal cuando el golpe seco de unos pasos desesperados retumbó sobre la tierra apisonada. Un boyero irrumpió por el portón con la garganta desgarrada por la sed y las piernas abiertas por los espinos. Sin aliento siquiera para arrodillarse, gritó que las bandas armadas de Sabá habían caído como tormenta sobre los campos, habían pasado a cuchillo a los mozos y se habían llevado las quinientas yuntas de bueyes y las quinientas asnas. Solo él había escapado ocultándose bajo el cuerpo de una res muerta.
La mano de Job aún sostenía el jarro de agua para aquel siervo tembloroso cuando, por el costado occidental, el portón de madera volvió a abrirse de par en par. El segundo pastor se desplomó de bruces sobre los escalones de piedra. Sus cejas y su túnica de lino crudo estaban chamuscadas y despedían un hedor asfixiante a lana carbonizada. Señalando con dedos temblorosos el muro de nubes negras en el oeste, sollozó: «¡Fuego de Dios cayó del cielo!» Una descarga fulminante de rayos había incendiado el valle de los pastizales secos, reduciendo a cenizas en pocos minutos a siete mil ovejas junto con todos los pastores.
Cuatro Pasos Ensangrentados y las Copas Aplastadas bajo el Techo Caído
Antes de que el eco de aquel grito se apagara en el patio, el tercer mensajero entró tambaleándose con una herida abierta en el hombro izquierdo. Tres escuadrones de jinetes caldeos habían tendido una emboscada a la caravana del norte, apoderándose de los tres mil camellos y degollando a todos los guardias salvo a él. En menos de una hora, el patrimonio levantado durante toda una vida —rebaños, campos, caravanas y servidores leales— se había evaporado como una gota de agua sobre una plancha de hierro al rojo vivo. Las manos de Job se quedaron heladas, pero sus ojos permanecieron fijos en la explanada barrida por el vendaval. Sus diez hijos seguían vivos. Mientras sus diez hijos respiraran, él podría tomar de nuevo el cayado de pastor y empezar desde la nada.
Entonces cruzó el umbral el cuarto hombre. El viejo mayordomo no corría. Avanzaba con la lentitud espantosa de quien carga un féretro, apretando contra el pecho un lienzo manchado de sangre oscura y polvo blanco de caliza. Al caer de rodillas frente a Job, el paño se abrió sobre las losas. Rodaron por el suelo diez copas de plata labrada —las diez copas con que brindaban sus hijos—, todas aplastadas, torcidas, cubiertas de barro sangriento y esquirlas de piedra. Junto a las copas quedó al descubierto un tiesto afilado de barro cocido, fragmento de una tinaja de vino rota en la casa del primogénito.
La voz del anciano mayordomo se quebró como roca partida: mientras los siete hijos y las tres hijas comían y bebían juntos alrededor de la mesa en la casa del hermano mayor, un gran viento huracanado vino del otro lado del desierto y embistió a la vez las cuatro esquinas del edificio. Las vigas de cedro crujieron y cedieron. El techo de piedra maciza se desplomó entero sobre la sala del banquete en mitad de la fiesta. Nadie pudo huir. Los diez jóvenes por quienes Job había ofrecido diez sacrificios al amanecer yacían ahora inmóviles bajo una montaña de escombros helados.
Cuando el Altar de la Mañana Se Encuentra con Diez Tumbas al Atardecer
El aire en el patio de Uz se volvió tan espeso que nadie se atrevía a respirar. Las mujeres de la servidumbre rompieron en alaridos desgarradores, arrojándose tierra sobre la cabeza. Todas las miradas aterradas convergieron en el padre inmóvil frente a las diez copas de plata abolladas. Aquel era el instante exacto que el Acusador había calculado: el segundo en que el hombre despojado de todo en una sola tarde levantaría los puños hacia las nubes para gritar que Dios lo había traicionado y que el altar de la mañana no había servido para nada.
Job se incorporó despacio. Los hombros anchos del patriarca de Oriente temblaban sacudidos por un sollozo sin sonido. Aferró el cuello de su manto tejido y lo rasgó de arriba abajo de un solo tirón. Sacando el cuchillo del cinto, cortó sus cabellos y su barba venerable —símbolo de su dignidad ante las tribus— dejando que los mechones blancos cayeran sobre el polvo junto a las diez copas de sus hijos. Luego, como una encina centenaria partida en el corazón por el rayo, dobló las rodillas sobre la tierra desnuda y apoyó la frente contra el suelo aún tibio por la ceniza del sacrificio matutino.
La Bendición que Silenció al Acusador desde el Rostro Postrado en el Polvo
Desde el fondo de aquel polvo empapado por las lágrimas de un padre que acababa de perder a diez hijos de golpe, no brotó una maldición, sino una plegaria que estremeció el cielo y el abismo: «Desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él. El Señor me lo dio todo, y el Señor me lo quitó; ¡bendito sea el nombre del Señor!» Los dedos de Job se cerraron sobre el tiesto de barro roto en la tierra hasta que la palma sangró, pero sus labios no pronunciaron un solo reproche insensato contra el Altísimo. Acababa de demostrar ante los ángeles que amaba al Dador por encima de todos sus dones.
Pero aquella noche, cuando diez sepulcros nuevos quedaron sellados bajo las estrellas frías de Uz y Job se quedó sentado junto a las brasas apagadas del patio, el asedio de la tiniebla aún no había concluido. El primer golpe le había arrancado todo lo que tenía fuera de su piel. Antes de que el sol del día siguiente iluminara el desierto, un segundo cuchillo apuntaría directamente a su propia carne y hablaría por boca de quienes compartían su propio techo.
“Entonces dijo: —Desnudo vine a este mundo, y desnudo saldré de él. El Señor me lo dio todo, y el Señor me lo quitó; ¡bendito sea el nombre del Señor!”— Libro de Job 1:21
Señor Dios Todopoderoso, que escuchaste el llanto desgarrado y la adoración inquebrantable de tu siervo Job en aquella tarde de luto sobre la llanura de Uz. Te confesamos que muchas veces te buscamos solo cuando los graneros están llenos y dudamos de tu amor apenas golpea la tormenta nuestra puerta. Concédenos un corazón que te ame sin condiciones ni regateos, para que aun en medio de las pérdidas que nuestra razón no logra comprender, permanezcamos fieles y abandonados en tus manos de Padre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Preguntas Frecuentes Bíblicas e Históricas
¿Dónde se encontraba la tierra de Uz mencionada en el Libro de Job?
¿Por qué ofrecía Job holocaustos cada mañana después de los banquetes de sus hijos?
¿Cómo explica la Iglesia Católica que Dios permitiera la prueba de Job?
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